Texto
sobre la productora
Por RONALD MELZER
Crítico e Historiador de Cine Uruguayo
CEMA (Centro de Medios Audiovisuales) Institución civil de
espíritu cooperativo dedicada a producir y difundir contenidos
audiovisuales. Como productora, el mayor nucleamiento de talentos
del que se tenga memoria en el cine uruguayo; en todo caso, un nombre
–o una sigla- fundamental para entender el devenir y anticipar
el progreso de una cinematografía que, hasta su aparición,
se había desarrollado en base a impulsos individuales.
Si bien su origen se remonta hasta 1981, su período de auge
social, político y, sobre todo, cultural, coincide con los
casi diez años que siguen a la asunción, en marzo
de 1985, del primer gobierno democrático posterior a la dictadura
iniciada en 1973. Ese auge coincide con el de ciertas herramientas
expresivas como cámaras e islas de edición en los
formatos de video VHS, U-Matic y Betacam. En este caso la coincidencia
no es síntoma de casualidad, sino de una doble causalidad.
El país recupera su libertad, y los nuevos medios permiten
filmar y editar contenidos sin someterse a la tiranía financiera
y técnica del celuloide y los laboratorios.
Lo cierto es que más allá de vicisitudes, altibajos,
errores, proyectos abortados, apremios económicos, peleas,
frustraciones y un final lacónico con reclamos judiciales
y deudas, todo lo cual también integra esta historia, entre
1985 y 1994 salen de CEMA 27 videos propios, otros más producidos
por terceros pero que cumplen parte de su proceso allí, algunos
pilotos de televisión, varios programas para ese medio que
alcanzan continuidad, un par de audiciones de radio, una película
en video (La verdadera historia de Pepita la pistolera, 1993) que
a través de su difusión en salas y del circuito del
video hogareño abre las puertas a un cine que explora la
veta popular sin perder un ojo crítico, una coproducción
fílmica con Argentina (Patrón, estrenada en 1995),
y varios proyectos que, bajo otras formas de producción,
se harían realidad durante los años siguientes. Durante
ese lapso pasan por la Institución, como integrantes de los
cuadros directivos, como asalariados, como ejecutores de un proyecto,
como usuarios de algún servicio o como colaboradores ocasionales,
Esteban Schroeder, Guillermo Casanova, Eduardo Casanova, Pablo Dotta,
Mariela Besuievsky, Laura Canoura, Jorge García, Virginia
Martínez, José Pedro Charlo, Guillermo Peluffo, Pablo
Casacuberta, Daniel Díaz, Daniel Márquez, Matías
Bervejillo, Juan Carlos Rodríguez Castro, Daniel Cheico,
Bárbara Alvarez, Beatriz Flores Silva, José María
Ciganda, Elena Roux, Hugo Videckis, Aldo Garay, Maida Moubayed,
Jorge Esmoris y hasta un jovencísimo Pablo Stoll; muchos
de ellos con una entrada propia en este diccionario, y otros con
merecimientos no concretados por falta de espacio.
En caso de existir una historia “oficial” de CEMA, ésta
daría comienzo con unas reuniones que mantiene entre 1979
y 1981 el fotógrafo Esteban Schroeder con el antropólogo
Darío Ubilla y algunos educadores y sociólogos opuestos
a la dictadura. La iniciativa de valerse de herramientas audiovisuales
(slides, diapomontajes, luego películas en super-ocho) para
fomentar debates, su encare a través de organizaciones civiles
resistentes pero toleradas por el régimen y un primer fondo
solidario de 8.000 dólares provenientes de Canadá,
sientan las bases para un trabajo colectivo modesto y de índole
documental destinado a “recuperar la expresión audiovisual
propia como una necesidad de la sociedad civil uruguaya”.
Se llevan adelante, a partir del autodidactismo, actividades tan
diferentes como un diapomontaje sobre la poeta Paulina Luisi, un
documental concebido para acompañar las caravanas de la asociación
de cooperativas de vivienda FUCVAM, y un servicio de posproducción
para el documental Los ojos en la nuca (1985), de Hugo Videckis.
Durante esos primeros años, aún en dictadura, es fundamental
el aporte de Eduardo Casanova, quien más adelante, y ya en
democracia, se inclina por búsquedas expresivas más
experimentales y con menos posibilidades de difusión, como
lo atestiguan Guarda e passa (1988), Lobo (1990) y numerosas obras
pertenecientes al “video-arte”. Su hermano menor Guillermo
(Casanova), en cambio, ingresa como cadete pero prontamente alcanza
una participación fundamental en algunas de las obras posteriores
y más idiosincráticas de la cooperativa, como El cordón
de la vereda (1987), que edita, y Mamá era Punk (1988), que
dirige. En los años previos a ese primer auge creativo, otros
pilares reclutados por Schroeder son Jorge García, que luego
practica varios oficios (edición, fotografía, producción),
Daniel Díaz, que después hace el documental Los tucas
(1987), Laura Canoura, más famosa como cantante, y Miguel
Angel “Cristo” Olivera, quien recién salido de
la cárcel se dedica a difundir los materiales a través
de circuitos “alternativos”.
A mediados de los años ochenta ya conviven en CEMA tres proyectos:
uno de producción, otro de difusión y un tercero de
formación, para el cual se cuenta con el aporte del experto
en educación popular Gabriel Kaplún. De todos modos,
las tareas de producción y dirección nunca dejan de
confundirse, y el objetivo de la autofinanciación se dilata
en el tiempo, pese a que la fundación alemana EZE provee
cámaras, una isla U-Matic y una computadora “Amiga”
con las que también se prestan servicios a terceros; además
se instala una cabina de sonido que también se usa para las
producciones propias y las ajenas. Otras cosas no cambian. Una es
la necesidad autoimpuesta de discutir cada uno de los proyectos
en asambleas donde no sólo intervienen los “históricos”,
sino también los recién llegados y los interesados
en dirigirlos o promoverlos.
Otra es, precisamente, la política de puertas abiertas, lo
que lleva a integrar, entre 1985 y comienzos de la década
de los noventa, a gente proveniente de áreas tan distintas
como el sindicalismo (José Pedro Charlo), los estudios históricos
(Virginia Martínez), la literatura (Pablo Casacuberta), el
videoclip (Guillermo Peluffo), la fotografía (José
María Ciganda, Bárbara Alvarez); esa política
también redunda en el apoyo a la posproducción de
proyectos como el del multipremiado Tahití (Pablo Dotta,
1989) y en su participación como coproductora del documental
musical con más venta en el formato VHS en la historia del
país (Jaime Roos a las diez, de Guillermo Casanova, 1994)
Un tercer ingrediente permanente es la vocación latinoamericanista,
lo que explica su participación, entre 1988 y 1991, en cuatro
multitudinarios encuentros de video (independiente), el tercero
de los cuales se realiza en Montevideo. También explica los
emprendimientos documentales de Schroeder en la región (Chile,
obra incompleta, 1988; La esperanza incierta, 1991).
La combinación no siempre aceitada entre el asambleísmo,
la política de puertas abiertas, el latinoamericanismo, los
fluctuantes apoyos de diversas ONG y la conducción de Schroeder
se traduce en una decena de proyectos que a lo largo de los años
se erigen como sus buques-insignia, y que incluyen, además
de los nombrados El cordón de la vereda, Mamá era
Punk, Los Tucas, Tahití, Uruguay, las cuentas pendientes,
Chile, obra incompleta y Pepita la pistolera, a La BCG no engorda
(José María Ciganda, 1988) y Entretelares (Eduardo
Casanova, 1988), y ya fuera de la institución, Por esos ojos
(Virginia Martínez y Gonzalo Arijón, 1988). Además
se hacen dentro de CEMA varios cortos de distinto tenor, una serie
educativa sobre historia nacional que dirige Juan Carlos Rodríguez
Castro y que se aborta, y, en especial, dos series televisivas (Carnaval
y el periodístico Pasacalles, 1991/1992) suya soltura expresiva
y formatos innovadores servirían de inspiración, años
después, a muchos programas de la televisión pública
y privada.
La frustrada y en cierto sentido incómoda experiencia de
una empresa publicitaria paralela (ZOE) creada en 1990 para solventar
a la cooperativa “madre”, la resistida (por muchos integrantes)
participación de la misma en la propaganda electoral de 1994
del tradicional y oficialista Partido Colorado, la irregularidad
con que llegan los fondos internacionales, el previsible caos económico
subsiguiente y la explicable necesidad de parte de su gente más
talentosa de emprender nuevos rumbos causan, hacia mediados de la
década de los noventa, una crisis de la que no se recupera,
aún cuando su experiencia en la producción del largometraje
en 35mm Patrón no le genera ningún quebranto. El espíritu
colectivo de la Institución y su efecto en una sociedad entonces
renuente a aceptar el rótulo “cine nacional”,
sería retomado, durante los años siguientes, por iniciativas
públicas como el premio municipal FONA y privadas como las
de productores y realizadores formados, muchos de ellos, dentro
de CEMA.
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